04 Ene

La joven tenía 15 años cuando sufrió un accidente de moto, a fin del año 2000. Años después, su familia decidió contar su historia.

Cuando se habla de donación y trasplantes de órganos, suelen salir a la luz historias de personas que están esperando el órgano que les salve la vida, como sucede en los casos de pacientes que necesitan un nuevo corazón, órgano vital. Pero, cuando el proceso de donación efectivamente se produce, del otro lado, inevitablemente otra familia está viviendo una situación dramática, nada menos que la muerte de un familiar. Por eso, insisten desde el INCUCAI y también los especialistas que trabajan en el tema, es importante hablar sobre la voluntad de donar órganos antes, ya que tener una postura tomada facilita mucho la decisión para la familia (que en definitiva es la que debe firmar la autorización) en ese momento. Y si la persona está inscripta en el registro de donantes, mejor aún.

Eso pasó, tal vez en forma intuitiva, en el seno de la familia Gleadell, hace muchos años, cuando durante un almuerzo, mientras la familia miraba la televisión en un programa apareció una nena con tubitos de óxigeno hablando y contando que necesitaba un trasplante de pulmones. “En ese momento mi hermanita Nerea, que tendría unos 12 años le dijo a mi papá ‘el día que yo me muera quiero donar mis órganos’, la reacción de mi papá fue un clásico ‘callate la boca’ de cualquier padre ante la idea de la muerte. Pero pasaron los años y ella cada vez que veía un caso, lo repetía. Lo llevaba muy adentro”, le cuenta a Clarín Claudio Gleadell, el hermano mayor de Nerea y otros dos hermanos de una familia de Puerto San Julián (provincia de Santa Cruz) que define como “común, sencilla y laburante”.

Pasaron algunos años, y una noche de verano del 2000, cuando tenía 15 años, Nerea le pidió permiso a sus papás para ir a un asado con amigos. “Se subió a la moto con un amigo, se puso el casco, pero no lo abrochó. Tuvieron un accidente, chocaron contra un auto y Nerea golpeó en un costado de la cabeza y la nuca. De ahí fue derivada al hospital de Río Gallegos, donde fue atendida por excelentes neurocirujanos”, recuerda Claudio. Seis días después del accidente los médicos les explican que Nerea tenía muerte cerebral.

“Para mí, mi hermana era como mi hija, y en un momento dije que no quería donar los órganos de mi hermana. Pero mi papá, que ya falleció, era un tipo muy padre de familia que dijo ‘se hace y se hace’. Y es verdad, Nerea quería donar sus órganos”, cuenta Claudio. Y el objetivo se logró. Se pudieron donar el corazón, los riñones, el hígado y las córneas. Los pulmones no, porque había estado muchos días conectada a un respirador y había riesgo de infección, relata Claudio. “Se logró el objetivo, Nerea pudo dar vida con sus órganos”, agrega y destaca el trabajo que hicieron los médicos del INCUCAI. “Estoy muy agradecido con ellos, por el trabajo que hacen”.

Luego de la donación siguió una historia muy larga atrás. En el momento que se hizo la ablación y los papás de Nerea firmaron las planillas, la familia pidió al INCUCAI poder saber después si efectivamente se había logrado el objetivo. “Nos dijeron que después del año nos iban a decir. Pasó el año y nada. Silencio. Uno tiene que ser respetuoso. Pero nadie nos decía nada. Y tuvimos que empezar a buscar por nuestra cuenta”, relata Claudio. “Un año y cinco meses después encontramos a la familia del receptor del corazón y pudimos acercarnos”, cuenta Claudio.

La política de confidencialidad del INCUCAI establece que se debe mantener la reserva de la identidad tanto de donantes como de receptores de órganos. Sólo puede brindar datos sobre los órganos que se pudieron implantar, sexo y edad del receptor, cuando la familia de los donantes lo demandan, pero sin revelar nombres. En el caso de donación de médula ósea, después de un año, si las partes están de acuerdo, pueden brindar los datos.

Claudio, en ese sentido, dice que “le parece bien que haya contención para los receptores, pero también para los donantes, uno no pide que lo idolatren, pero nos sentimos un poco dolidos”, admite.

“Nosotros como familia de un donante, tenemos claro que Nerea se fue, está con Dios, en el cielo. Un pedacito lo tiene la receptora, su corazón. Y eso lo tenemos bien claro, no hay que confundirse. Mi hermana no está en el cuerpo de la receptora, tiene un pedacito de mi hermana que logró darle vida a ella”, añade.

Fuente: https://www.clarin.com/sociedad/nerea-chica-queria-donar-organos_0_H1ZmcNgZz.html