26 May

Tiene 17 años y le realizaron una intervención inédita. Marco Antonio Frías fue trasplantado en el Garrahan tras vivir durante diez meses con un corazón artificial.

“El trasplante fue un golpe y una bendición: aprendí el valor de la vida y definí qué quería ser. Yo lo festejo como mi segundo cumpleaños. Si algún día llega a pasarme algo, tengo decidido donar mis órganos”. Lo dice Marco Antonio Frías, el chico de 17 años que este mes festejó con su familia un aniversario muy especial: hace un año recibía el alta luego de un trasplante de corazón. Su caso es particular porque se convirtió en el primer paciente pediátrico de América latina en esperar la intervención con un corazón artificial.

Hace dos años mientras jugaba un picado en la canchita de La Perlita, en Moreno, a Marco lo dobló una contracción en la boca del estómago. Una bacteria le había agrandado el corazón y por eso entró en la lista de urgencia del Instituto Nacional Central Único Coordinador de Ablación e Implante (Incucai), a la espera de un trasplante. Mientras esperaba que apareciera el órgano, en el hospital Garrahan le colocaron un corazón artificial que fue el puente hasta el reemplazo de su corazón enfermo.

“Lo único que sé es que el órgano vino de Córdoba –sigue Marco– y de lo que estoy seguro es que el acto de donar es una decisión muy dolorosa pero solidaria. En medio de un duelo, existe la posibilidad de darle a otro una alegría enorme… Enorme”. Marco volvió al colegio, empezó un curso de gastronomía y en estos volvió a practicar kick boxing, un deporte que combina boxeo y karate.

Quiere, ni más ni menos, tener la vida de un pibe normal, de un adolescente que estudia, tiene novia y sale a bailar. ¿Pero puede? Responde Marisa Gaioli, pediatra del Equipo de Trasplante cardíaco del Garrahan: “Sí, siempre que esté controlado. Marco tuvo una evolución bárbara. La familia fue un sostén fundamental para que él saliera de la apatía que le produjo el posoperatorio. Hoy es un chico con ganas, que se está adaptando a su nuevo estilo de vida”. Marco debe tomar medicación de por vida (inmunosupresores, antihipertensivos), comer sin sal ni grasas, entrenarse de a poco e ir a controlarse. Pero más allá de eso, tiene calidad de vida.

Lo que ya no tiene su corazón artificial, el aparatito con el que vivió diez meses. “Con el que vivió” es literal: el dispositivo estaba conectado a su aorta y un rotor daba el impulso para que la bomba hiciera circular la sangre. Funcionaba con baterías de litio y no podía dejar de funcionar nunca. Marco temía cada corte de luz en el barrio. “Ahora el aparatito ya no está y todo es muy distinto. Ya no escucho la bomba, no escucho la alarmita que me avisaba que debía tomar agua. Pero también me saqué de encima una responsabilidad muy grande. Durante casi un año tenía la vida colgada de la cintura”, dice.

Quiere ser chef. Quiere cocinar tan bien como su mamá, Gladys. Quiere seguir de novio. Quiere perfeccionarse en el arte marcial. Quiere volver al potrero de La Perlita y patear y patear. Ya no se pregunta “¿por qué a mí?” porque se dio cuenta: “El trasplante fue un empujón para empezar una carrera, para prepararme. Para pensar en mi futuro”.

Fuente: http://www.clarin.com/sociedad/trasplante-organo-corazon-corazon_artificial-intervencion_inedita_0_1364263576.html#ns_campaign=mas_leidas_header&ns_mchannel=widget&ns_source=cxense&ns_linkname=nota&ns_fee=0.01