06 Abr

Una familia debe ser muy valerosa cuando la vida de un hijo está en manos de la ciencia, la buena fortuna y la solidaridad. A Alexis lo trasplantaron del corazón, ahora irá a una competencia atlética.

Por: MARIO VEGA

“Ya vuelvo, Má!”. Tres palabras, cómo quien va hasta la esquina y vuelve. Sólo que en este caso Alexis iba a regresar más de 10 horas más tarde de la sala de operaciones del Hospital Garrahan, con un nuevo corazón en su pecho.
Así de simple, y de tremendo. La inconsciencia de un chico de 13 años que ingresaba al quirófano para ser trasplantado.
Los Palacios eran una familia común, de laburantes que luchaban para salir adelante, y para ver crecer a sus hijos sin carencias. Javier (36), y su esposa Natalia Mazzei, son una pareja joven, que tienen ilusiones, ganas de progresar, y le ponen el alma a las situaciones para nada fáciles que les toca afrontar.

El hombre es de una familia conocida del barrio Los Hornos, y desde chico trabajó junto a su padre en esa tarea; en tanto Natalia llegó de Buenos Aires hace algunos años, se afincó en el barrio, conoció a Javier y se quedó para siempre; y también aprendió cómo era eso de hacer ladrillos. Tienen, además de Alexis (16), a Alan (15) y Priscilla (9), y viven en una linda casa construida en el Barrio Los Hornos, justo detrás de la escuela 97.
Todo parecía marchar cada vez mejor, porque Javier consiguió además trabajo en el Emshu -servicio de recolección de residuos que depende del municipio-, y se daba la posibilidad de prosperar, que no es poco.

Un momento complicado.

Pero el destino -o algo que se le parece-, iba a entrar a tallar. Cuando Alexis andaba por los 9 años, empezó a sentirse “cansado y más cansado… a sentirse mal, y hubo que hacerle estudios”, cuenta la mamá. Más allá los hermanos, y la novia de Alexis, Eliana, permanecen ajenos a la charla y miran televisión.
Y sigue: “Fue difícil, empezó a ingresar a terapia intensiva del hospital, y estuvo 12 veces ahí… hasta que un día descubrieron que tenía miocardiopatía dilatada (corazón grande), y que podían pasar tres cosas: llegar a viejo tomando medicación; o que el corazón deje de crecer y todo se normalice; o que tuviera que ser sometido a un trasplante”.
Con ese panorama, naturalmente toda la dinámica del grupo familiar se alteró de gran manera.

Hasta ese momento Alexis iba a la escuela, jugaba a la pelota con los amigos… pero a partir de allí todo iba a cambiar. Por supuesto para los padres fue un golpazo que asumieron con coraje, todo el necesario para pelear por la vida de su hijo.

Del Krauser al Garrahan.

Alexis llegó a estar vomitando 14 días seguidos, y sus padres viendo como su salud se deterioraba. Empezaron los viajes a Buenos Aires, primero para ser observado en el Instituto Krauser, especialista en cardiología infantil. “Ahí pasamos la peor noche de nuestras vidas”, cuenta el papá. “A los dos días sufrió un paro y lo llevaron a terapia, pero después lo pasaron a una habitación común. Pero respiraba raro -sigue-, y un médico nos dijo que había que trasladarlo al Garrahan, que no sabía si pasaba la noche… y si aguantaba el viaje de un hospital a otro”. Durante esos días los padres, junto a otros que estaban en la misma situación -esperando que aparecieran donantes para sus hijos-, convivían en los pasillos y hasta debían pasar largas horas sentados en el piso.
“Los padres, nos encargábamos de bañarlos, junto a un enfermero, y un sábado el que me ayudaba, que me veía muy triste me pidió que tuviera fe: ‘Mañana va a ser un día muy importante’, me dijo, y no sé por qué…”.
Lo cierto es que eso fue el sábado, y el domingo llegó la gran noticia: en Mendoza había un donante y un corazón para Alexis.

El donante.

El 26 de octubre fue incluido en el programa de emergencia nacional del Incucai, y tres días después la novedad de que en la provincia cuyana se iba a producir una ablación. “Estábamos entre felices, nerviosos y expectantes, todo junto”, coinciden Javier y Natalia. “porque se depende de la decisión de otra persona, el donante, para que se pueda realizar el trasplante”, agregan.

En esos tres días los familiares, tíos y amigos, organizaron un santuario y una cadena de oración en el barrio Los Hornos, pidiendo por Alexis. En Buenos Aires uno de los tíos, Oscar Fontán -trabajador de la Cámara de Diputados- colaboraba en lo que podía, y todo el mundo rezaba para que saliera bien. Fue emocionante…”, dice Javier y se turba.
Lo cierto es que ese domingo, Alexis -medio entre sueños- se despidió: “¡Ya vengo, Má!”. Lo esperaba el equipo médico del Garrahan, encabezado por el doctor Vogelfang.
Y cuenta el padre algo que ahora le resulta risueño: “Cuando nos presentaron al médico me quise morir… llegó renqueando, y asistido por un bastón canadiense, de esos que se agarran del brazo. Y le pregunté: ¿usted va a poder así, doctor?”.
Javier no sabía, no podía saber, que estaba ante un profesional extraordinario que, en su niñez, había sufrido poliomelitis, y ahora iba a salvar la vida de su hijo (ver aparte).

El trasplante, un éxito.

Y hay que tener imaginación para figurarse cómo habrán estado los padres entre ese mediodía de domingo y las 10 de la noche. Los médicos les habían advertido que si los veían salir antes de las 12 horas es porque las cosas no habían andado bien, y por eso el paso de las horas -aún con la incertidumbre comprensible- alentaba la esperanza.
Durante esas 10 horas las emisoras de radio, muchas de Santa Rosa, no dejaban de llamar, en tanto los familiares de Alexis -padres y tíos- no podían con su inquietud. Cuando salieron los médicos vieron sus amplias sonrisas, y tres palabras que sabían a vida: “¡Fue un éxito”!
Y se sucedieron los abrazos, se soltaron las lágrimas largamente contenidas, mientras a Alexis lo trasladaban a una habitación.
Javier y Natalia se resistían a entrar, porque siempre dijeron que no querían verlo entubado, pero el padre no aguantó más e ingresó a la sala: “No lo podía creer, lo tenían sentado en la cama y lo hacían toser… y después lo hicieron pararse. Era increíble”, rememora.
Después Alexis comenzó, dentro del mismo hospital, con gimnasio, bicicleta y cinta, y habría de estar un año internado. Y con él sus padres… Tiene que ser muy bravo, muy difícil, claro que sí.

Más problemas.

Pero quedarían todavía dificultades por sortear. Hubo lo que pareció un primer grado de rechazo, cuando el “nuevo” corazón se le llenó de líquido; y luego -el sistema inmunológico del chico no estaba a pleno-, sería afectado por una bacteria que otra vez lo ponía entre signos de interrogación.
Pero salió, aunque todo el proceso de internación duró un año.
Empezó la lenta recuperación, y de a poco pudo volver a caminar. Para ese entonces, luego de la primaria en el barrio Los Hornos, seguía cursando el secundario -ya está en 4º año- con las tareas que le enviaban desde su colegio. Había empezado en la Unidad nº 8, y luego pasaría al Nacional, donde concurre actualmente.
Tuvo que concurrir mensualmente al Garrahan, después cada dos meses, y ahora lo hace más esporádicamente; aunque los médicos monitorean todo el tiempo como está, con llamadas telefónicas y contactos permanentes.

La vuelta a casa.

Una vez regresados a Santa Rosa volvió la normalidad a la familia Palacios. Papá a su trabajo, los chicos a la escuela, y Natalia ocupándose de todos. Pero Alexis no se conformaba con jugar al fútbol -evitando los roces- con los amigos en un baldío, y llevado por Oscar Fontán -atleta veterano- descubrió que le gustaba el tipo de competencia que hacía su tío. Lo iba a ver y un día Oscar le propuso que empezara, le presentó a su entrenador Gustavo Alzugaray y Alexis se fue animando, tomando parte de pruebas de fondo. Hizo carreras de 5.000 metros mezclado con los demás atletas, porque él no tiene aquí una categoría especial, y se fue entusiasmando, y a ir todos los días a la pista del parque recreativo Don Tomás.

El desafío que viene.

Y así las cosas le llegó un desafío que lo puso de la cabeza: lo invitaron a participar de los I Juegos Nacionales para Deportistas Trasplantados Mendoza 2015, que se realizarán entre el 21 y el 26 de abril.

Naturalmente la sola posibilidad de estar presente exacerbó su ánimo competitivo, y se puso las pilas. Aunque habrá un inconveniente, porque no se prevén pruebas de fondo, y Alexis tendrá que afrontar las de velocidad de 50 y 100 metros. Pero se tiene fe: “Quiero ganar”, afirma aunque no sabe ni quiénes serán sus adversarios.
“Para él es un cambio grande, porque tenemos que enseñarle a partir desde los tacos, y es difícil cambiar de fondo a velocidad”, advierte Alzugaray.
De todos modos, se sabe, lo importante será competir, saber que se puede, y allí, mirándolo estará toda su familia.

La mamá hace notar una coincidencia: el corazón trasplantado a Alexis vino de Mendoza, y volverá a latir en esa tierra cuando el chico vaya la semana próxima a la capital cuyana. Sí, el latido de la vida… un latido para seguir viviendo, aunque para eso también hacen falta sueños, e ilusiones. Los que alimentan la vida de Alexis, para llegar bien lejos.

El coraje de los padres

Horacio Vogelfang es jefe del Servicio de Trasplante Cardíaco Infantil del hospital Garrahan, desde su creación en 1999. Se considera que el programa que dirige es uno de los cinco mejores del mundo.

Cuando niño sufrió poliomielitis, y le quedó una secuela al caminar, no obstante lo cual pudo llegar a ser la eminencia que hoy es.

En alguna nota que le hicieron a Vogelfang le gusta recordar que después de la enfermedad, sabía desempeñarse como arquero en los picados de fútbol donde jugaba “Mostaza” Merlo, vecino del barrio, y luego figura de Ríver Plate.
Vogelfang todavía se asombra de lo que es capaz el coraje de los padres, y dice haber aprendido de ellos. Y menciona el caso de Sergio Dispenza, quien en 2004 en la explanada de la Casa Rosada protagonizó su propia cadena nacional pidiendo un corazón para Abril, que tenía 16 meses, había llegado en estado crítico y fue puesta al tope de la emergencia nacional del Incucai.

Hubo un operativo prolijamente cronometrado porque la beba donante residía en Santiago del Estero. En esos casos no se puede perder un minuto, porque el corazón detenido, una vez fuera del organismo, tiene un límite de vida útil como máximo de 6 horas. En una heladerita llegó a tiempo el corazoncito congelado que luego latiría en el tórax de Abril. Su papá y su coraje habían sido fundamentales.
“Creo que hay algo, más allá de lo humano, que logra interconectar de un modo impresionante a las 20 ó 25 personas que estamos haciendo un trasplante”, reflexionó en una nota en La Nación el doctor Vogelfang.
Y agregó que es a esa conexión en equipo a lo que el llama Dios.

El recuerdo de Barnard

Fue el 3 de diciembre de 1967 que Louis Wahskanski, un comerciante de Ciudad del Cabo (Sudáfrica) recibía el primer corazón trasplantado en el mundo. Desde entonces más de 100.000 pacientes recibieron este tipo de donación, según el Registro Mundial de Trasplantes gestionado por la Organización Nacional de Trasplantes (ONT), que depende del Ministerio de Sanidad. Unos 5.400 fueron operados en España. Christian Barnard, que tenía 45 años, pasó a la historia como el primer cirujano que acometía un trasplante cardiaco a un ser humano.
Aquel paciente sobrevivió 18 días y falleció por una neumonía.

Fuente: http://www.laarena.com.ar/la_ciudad-un_corazon_que_volvera_a_mendoza-135963-115.html